El otro día fuí a visitar a un amigo que vive en Buchupureo, en la costa de la 8° Región, mismo lugar que hace algunos meses fué golpeado por un terremoto y en el que precisamente me encontraba esa noche del 27 de febrero. Esa zona, pese a ser el epicentro del terremoto, no fué afectada por el maremoto de la forma en la cual fueron afectados otros lugares, y la gente no tuvo que lamentar perdidas de vidas humanas, no así sus casas de adobe (que se cayeron), dejando a varias familias sin hogar.
Bueno, ahí me encontraba esa tarde de domingo de fines de abril, con propósitos bastante más frívolos que los que comúnmente han llevado a los jóvenes en los últimos días, y en circunstancias como las posteriores a una catástrofe: esperando que llegara una crecida de mar que venía pronosticada desde el día anterior, con la idea de surfear algunas olas después de bastante tiempo sin entrar al mar. Aprovechaba también, de cierto modo, reecontrarme espiritualmente con un océano que ha sido motivo de sufrimiento para mucha gente en el último tiempo.
La marea baja sería cercana a las seis de la tarde, hora que en ésta época es previa a la puesta de sol y en la que la oscuridad llega rápidamente, pero que sin embargo prometía una sesión de olas perfectas y sin viento. Por cosas del destino, nos demoramos más de la cuenta en irnos a la playa y recién llegamos a las seis y media a ponernos los trajes y meternos al agua.
El mar estaba grande y la entrada estaba bien adentro en la punta y cuando llegamos ahí, no dejaba de tirar y tirar olas, lo cual demoró la entrada al agua hasta que el sol sólo era una delgada línea roja en el horizonte. Cuando logramos entrar estaba ya casi de noche, por lo que nos quedamos ahí sentados en las tablas esperando la única ola que correríamos cada uno. Ahí me quedé un buen rato observando el entorno que me rodeaba: un mar que se iba poniendo cada vez más oscuro, gaviotas que volaban rumbo a sus nidos a pasar la noche, estrellas que aparecían y una leve brisa tibia que venía desde tierra adentro; en ese momento recordé una frase del libro Cartas contra la Guerra de Tiziano Terzani y que en ese momento me causó profunda impresión: "La naturaleza es completamente indiferente a los dramas que aquejan a los seres humanos". Cuán cierto se volvía eso en momentos en los cuales muchas personas vivían el sufrimiento de haber perdido todos sus bienes materiales, producto del terremoto y el maremoto! ¡cuán poco le importan a la Tierra los dramas humanos! ocurrió una catástrofe de proporciones, que para mucha gente incluyó muerte y dolor; otros perdieron el esfuerzo de sus vidas de trabajo y otros si bien no tuvieron mayores pérdidas, quedaron profundamente impresionados por la fragilidad de sus vidas, y sin embargo ahí estaba ese rincón de playa: tirando olas perfectas en una tarde hermosa en la cual toda la naturaleza mostraba una normalidad y belleza ajenas a todas las noticias de los hombres.
Mientras se hacía más y más de noche y veía como entraban y entraban olas perfectas, me di cuenta en esos momentos que todo mi entorno en era hermoso, envidié por un momento a los lobos marinos, pájaros y peces que vivían allí, que gozaban de las ventajas de vivir una vida simple, sin mayores complicaciones que hicieran de un evento como un terremoto o un maremoto algo que afectara sus sencillas vidas.
Sin embargo esos pensamientos duraron solo unos momentos, ya que pronto descubrí que la misma conciencia de mi posición en ese lugar particular era lo que hacía que la comprensión de mi realidad fuese hermosa y que en ese instante no quería estar en ningún otro lugar del universo. Consciente de ésto último, descubrí lo realmente maravilloso que es vivir, y a pesar de que todo lo realmente bueno de la vida es fugaz, de todas formas vale la pena vivirlo y estar agradecido por eso.
Quizá a veces me siento culpable por vivir mi vida de tal forma que la disfrute demasiado, considero siempre la posibilidad de que otras personas están sufriendo en momentos en los cuales yo lo estoy pasando bien, lo cual me negaría (en algún nivel cósmico) el derecho a ser feliz o a estar contento hasta que los otros lo hayan sido primero. Pienso y pienso sobre ese pensamiento, ¿de donde lo habré sacado? ¿en qué se sustenta? ¿estará originado por creer que soy responsable de la felicidad de otros? Mi individualidad se revela frente al hecho de sentirme feliz cuando otros sufren, sin embargo no puedo ignorar que cada ser humano es feliz a su modo único e irrepetible: ¿qué es lo que hace felices a los demás?
En esos momentos de reflexión no había duda de que el hecho de estar en ese lugar, en ese momento, eran para mi motivos de felicidad absoluta ¿pero lo serían para otras personas? creo que no.
La solidaridad es una virtud positiva no porque condicionemos nuestros actos de renuncia y sacrificio a una culpabilidad por ser felices, si no porque esos actos de bondad son un reflejo de nuestra felicidad interna, que se manifiesta en actos concretos.
En esos momentos en el agua me sentí el hombre más feliz del mundo, y cuando por fin vino mi ola pude reconocer eso que siempre hablan algunos acerca de tener conciencia de la propia existencia; en esos momentos existí, fué un componente del universo que palpitaba al ritmo de las estrellas que salían ¿cómo ignorar algo como eso?
Y por supuesto, ese momento de felicidad interna me desbordó el corazón de modo tal que me fue imposible al día siguiente negarme a la bondad. Pensaba después: ¿que tal si todos hiciéramos caso a lo que decía Whitman y procuraramos diaramente ser felices? ¿no sería mejor así? todos, en la búsqueda de nuestra felicidad, inevitablemente estaríamos haciendo felices al resto...?
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras
y las poesías sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti
sin que la vivas ....
Walt Whitman