Según Emerson, la naturaleza sirve a otra necesidad del hombre aun más noble: el amor a la belleza.
Los antiguos griegos llamaban al mundo kosmos, es decir, belleza. La forma en la cual están constituidas todas las cosas, en conjunción con el poder del ojo humano son tales, que las formas esenciales como el cielo, la montaña, el árbol, el animal nos provocan deleite en y por sí mismas, un goce que surge de su perfil, color, movimiento y manera de agruparlas. Pareciera ser que el ojo mismo es el mejor de los artistas, capaz de transmitir a la mente, el alma y el espíritu aquellas emociones que hacen del hombre un ser consciente de su existencia. Mediante una acción recíproca entre la estructura del ojo humano y las leyes de la luz, se produce la perspectiva, que integra cada masa de objetos –cualquiera que sea su carácter- en un colorido y bien sombreado globo, de tal modo que allí donde los objetos individuales son vulgares y anodinos, el paisaje que ellos componen es acabado y simétrico. Y así como el ojo es el mejor de los compositores, la luz es la primera entre los pintores. No hay objeto tan horrible que no se vuelva hermoso bajo la luz intensa. Y el estímulo que esta ofrece a los sentidos, y una suerte de infinitud que posee, como el espacio y el tiempo, hace que toda la materia se regocije.
Pero aparte de esta gracia general difundida por la naturaleza, casi todas y cada una de las formas son agradables a los ojos, como lo prueban nuestras interminables imitaciones de algunas de ellas: la bellota, la uva, la piña, la espiga de trigo, el huevo, las alas y el cuerpo de la mayoría de los pájaros, la garra de león, la serpiente, la mariposa, las conchas marinas, las llamas, las nubes, los capullos, las hojas y las formas de numerosos árboles como la araucaria, el abedul y el coigue.
Muchos habitantes de las ciudades creen que el paisaje de los espacios abiertos naturales sólo es amable un tercio del año. En cambio yo me complazco con la gracia de las sobrias horas invernales, las cuales tienen tanto o más poder de influencia que las estaciones más cordiales de primavera y verano. Para aquel que preste atención, cada momento del año tiene su propia belleza, y en un mismo lugar de la montaña puede contemplar hora tras hora un cuadro que no se vio jamás y que jamás se volverá a ver. Los cielos cambian a cada instante y reflejan gloria o desdicha en las superficies de la tierra. De una semana a otra, el estado de los brotes de los árboles en la montaña altera el color de los bosques en su conjunto, de modo que cerros enteros cambian de color. El silencioso reloj del paso del tiempo impacta cada célula de los árboles y plantas en bosques y campos, marcando las horas de cada estación de modo que un observador atento podría ser capaz incluso de percibir las divisiones del día. Bandadas de pájaros e insectos, puntuales como plantas se siguen unas a otras, y el año da cabida a todos y en las mismas corrientes de aguas cordilleranas es posible observar como refulge la vida con miles de distintos tipos de seres.
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| Regenerando el alma |
En los meses de enero y febrero vemos en los ríos que, luego de correr turbulentos por entre medio de rocas y hielos, llegan a remansos donde se interpreta un concierto de vida interpretado por miles de mariposas, garzas, ranas, sapos y libélulas en constante movimiento. Todo el arte del hombre no puede rivalizar con la suntuosidad de la naturaleza en estado salvaje.
Sin embargo, toda ésta belleza de la naturaleza que se ve y siente como tal es su mínima parte. Las visiones de un día soleado, el rocío matinal, el arco iris, los huertos floridos, las estrellas, las noches de luna llena en un bosque, los murmullos de vida en el agua quieta y las montañas recién nevadas –si se los persigue con superfluos propósitos- se vuelven meros espectáculos y se mofan de nosotros con su irrealidad.
Observemos la luna llena al anochecer: grande, redonda y amarilla, sin embargo no es más que oropel si su existencia no puede aportarnos más que un telón de fondo en una circunstancia desafortunada. Sin embargo si su luz alumbra nuestro viaje indispensable, su belleza trascenderá la simple estética y llegará al alma. ¿Quién puede atrapar la temblorosa belleza de los atardeceres arrebolados de mayo? Ve a buscarla y ya se habrá ido, es solo un espejismo que se ve desde la ventana de un bus o un auto viajando hacia el mar.
Para estar en comunión directa con Dios, esto es en soledad, un hombre necesita apartarse tanto de la sociedad como de su propio cuarto. Yo no estoy a solas cuando leo y escribo, aunque nadie esté conmigo. Si el hombre ha de estar solo que vaya a la quietud de la montaña, a la paz de los cerros y valles solitarios, y que allí mire las estrellas. Los rayos que vienen de esos mundos celestiales se interpondrán entre él y lo que toca. Se diría que la atmósfera fue creada transparente con el propósito de que el hombre, al observar las estrellas, pudiese estar en presencia perpetua de lo sublime. Quienes han tenido el privilegio de acampar en una noche estrellada en la montaña pueden dar testimonio de la grandeza de los astros.
Si las estrellas aparecieran una noche en mil años, ¡cómo creerían en ellas los hombres y las adorarían, y preservarían por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que les fue mostrada! Sin embargo, estos emisarios de la belleza llegan noche tras noche y alumbran el universo con su sonrisa admonitoria, y quizá por eso mismo el hombre las ignora y deja pasar desapercibidas.
En las montañas el hombre se desprende de sus años, al igual que una culebra muda su piel y vuelve a ser joven, en los cerros es posible que un viejo pueda ser siempre un niño. En los bosques está la perpetua juventud, y en los jardines de Dios reina la santidad y la sabiduría, luciendo las galas y atavíos de un festival perenne. Un visitante sensible no podría cansarse de todo aquello ni en mil años. En las montañas retornamos a la razón y a la fé; allí siento que nada habrá de acontecerme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad, sin que la naturaleza pueda sanarlo alguna vez. De pié en la cima de una montaña nevada, con mis esquíes puestos, mi frente es limpiada por el viento frío al mismo tiempo que mis pensamientos, erguido hacia el espacio infinito con el vacío bajo mis pies todo mezquino egoísmo se diluye. Me convierto en un ser etéreo, nada soy, sin embargo lo veo todo. Las corrientes del Ser Universal me circulan, soy una porción de Dios. El nombre de mi mejor amigo me suena entonces extraño y accidental; ser hermanos, ser conocidos, ser amo o ser sirviente, ser rico o pobre es una minucia y una molestia; me considero hermano y amigo de toda la humanidad.
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| Desconocido en introspección |
Soy el amante de una belleza incontenible e inmortal. En los lugares silvestres encuentro algo más caro y próximo a mí que en los centros comerciales de las grandes ciudades. En el paisaje tranquilo y, especialmente, en la lejana línea del horizonte, el hombre contempla algo tan hermoso como su propia naturaleza. El mayor deleite de esquiar, por ejemplo, es la sugerencia de una oculta y perdida relación entre el hombre y los ríos, las corrientes andinas y su propia sangre: fluir hacia el encuentro de la vida. A su vez no es extraño entonces que las sensaciones propias de un escalador cómodo con su ruta es la de “fluir”. La necesidad de fluir, de deslizarse es tan antigua como los juegos de la niñez: existe placer en imitar a las corrientes de la naturaleza, y es tan profundo el efecto que se siente en el alma cuando se disfruta de las actividades de montaña, que las sensaciones que provocan son semejantes a los de un alto pensamiento o la emoción sublime que invade el corazón del hombre cuando juzga que está razonando con acierto y que está obrando rectamente.
La belleza de las montañas y los bosques impresionan en alguna medida a todos los hombres. Sin embargo a algunos les afecta tanto, que les llevan al deleite. Este amor por la belleza nace del gusto innato que tenemos por lo que nos hace bien, nos alimenta y nos hace vivir sanamente. Hay quienes sienten ese mismo amor con tanta intensidad que, no satisfechos con observar, procuran encarnarlo en nuevas formas: escalar, esquiar o simplemente caminar por los cerros, es decir hacer un arte que no deja huellas permanentes.
¿Quién diría que esquiar no es un arte? Hacer una línea fluida entre árboles y rocas es como pintar un cuadro con tan solo una pasada del pincel, en la cual cada esquiador refleja en cierta forma su estilo, personalidad y carácter; es así mismo el resultado de la combinación de múltiples expresiones de la naturaleza y el ingenio y poder físico humano.
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| Jorge pintando |
A pesar de que todas las líneas de esquí del mundo son innumerables y todas distintas entre sí, el resultado o expresión de todas ellas es similar y único; y es que la naturaleza es un mar de formas fundamentalmente semejantes y hasta unitarias. Una hoja, un rayo de sol, un paisaje, el océano ejercen efectos semejantes sobre el espíritu. Lo común a todos ellos, esa perfección y armonía, es la belleza. El patrón de la belleza esta dado por el circuito entero de formas naturales, por la totalidad de la naturaleza; los italianos expresaron esto al definir a la belleza como "il piú nell'uno" [lo múltiple en lo uno].
En palabras de Emerson: el mundo existe para el alma, con el fin de satisfacer el anhelo de belleza, y con respecto al motivo por el cual el alma busca la belleza, nada se puede indagar ni responder. En su sentido más amplio y profundo, la belleza es una de las expresiones del universo. Dios es la suma justicia; la verdad, la bondad y la belleza son diferentes rostros de esa misma totalidad.
La belleza de la naturaleza no es un fin último. Es el heraldo de una belleza interior y eterna. La montaña cumple con ese fin a satisfacción, y la mayoría de sus amantes más sinceros pueden dar testimonio de ello.