lunes, 5 de septiembre de 2011

Reflexiones sobre la montaña y la belleza


Según Emerson, la naturaleza sirve a otra necesidad del hombre aun más noble: el amor a la belleza.

Los antiguos griegos llamaban al mundo kosmos, es decir, belleza. La forma en la cual están constituidas todas las cosas, en conjunción con el poder del ojo humano son tales, que las formas esenciales como el cielo, la montaña, el árbol, el animal nos provocan deleite en y por sí mismas, un goce que surge de su perfil, color, movimiento y manera de agruparlas.  Pareciera ser que el ojo mismo es el mejor de los artistas, capaz de transmitir a la mente, el alma y el espíritu aquellas emociones que hacen del hombre un ser consciente de su existencia. Mediante una acción recíproca entre la estructura del ojo humano y las leyes de la luz, se produce la perspectiva, que integra cada masa de objetos –cualquiera que sea su carácter- en un colorido y bien sombreado globo, de tal modo que allí donde los objetos individuales son vulgares y anodinos, el paisaje que ellos componen es acabado y simétrico. Y así como el ojo es el mejor de los compositores, la luz es la primera entre los pintores. No hay objeto tan horrible que no se vuelva hermoso bajo la luz intensa. Y el estímulo que esta ofrece a los sentidos, y una suerte de infinitud que posee, como el espacio y el tiempo, hace que toda la materia se regocije.

Pero aparte de esta gracia general difundida por la naturaleza, casi todas y cada una de las formas son agradables a los ojos, como lo prueban nuestras interminables imitaciones de algunas de ellas: la bellota, la uva, la piña, la espiga de trigo, el huevo, las alas y el cuerpo de la mayoría de los pájaros, la garra de león, la serpiente, la mariposa, las conchas marinas, las llamas, las nubes, los capullos, las hojas y las formas de numerosos árboles como la araucaria, el abedul y el coigue.

Muchos habitantes de las ciudades creen que el paisaje de los espacios abiertos naturales sólo es amable un tercio del año. En cambio yo me complazco con la gracia de las sobrias horas invernales, las cuales tienen tanto o más poder de influencia que las estaciones más cordiales de primavera y verano. Para aquel que preste atención, cada momento del año tiene su propia belleza, y en un mismo lugar de la montaña puede contemplar hora tras hora un cuadro que no se vio jamás y que jamás se volverá a ver. Los cielos cambian a cada instante y reflejan gloria o  desdicha en las superficies de la tierra. De una semana a otra, el estado de los brotes de los árboles en la montaña altera el color de los bosques en su conjunto, de modo que cerros enteros cambian de color. El silencioso reloj del paso del tiempo impacta cada célula de los árboles y plantas en bosques y campos, marcando las horas de cada estación de modo que un observador atento podría ser capaz incluso de percibir las divisiones del día. Bandadas de pájaros e insectos, puntuales como plantas se siguen unas a otras, y el año da cabida a todos y en las mismas corrientes de aguas cordilleranas es posible observar como refulge la vida con miles de distintos tipos de seres.

Regenerando el alma
En los meses de enero y febrero vemos en los ríos que, luego de correr turbulentos  por entre medio de rocas y hielos, llegan a remansos donde se interpreta un concierto de vida interpretado por miles de mariposas, garzas, ranas, sapos y libélulas en constante movimiento. Todo el arte del hombre no puede rivalizar con la suntuosidad de la naturaleza en estado salvaje.

Sin embargo, toda ésta belleza de la naturaleza que se ve y siente como tal es su mínima parte. Las visiones de un día soleado, el rocío matinal, el arco iris, los huertos floridos, las estrellas, las noches de luna llena en un bosque, los murmullos de vida en el agua quieta y las montañas recién nevadas –si se los persigue con superfluos propósitos- se vuelven meros espectáculos y se mofan de nosotros con su irrealidad.

Observemos la luna llena al anochecer: grande, redonda y amarilla, sin embargo no es más que oropel si su existencia no puede aportarnos más que un telón de fondo en una circunstancia desafortunada. Sin embargo si su luz alumbra nuestro viaje indispensable, su belleza trascenderá la simple estética y llegará al alma. ¿Quién puede atrapar la temblorosa belleza de los atardeceres arrebolados de mayo? Ve a buscarla y ya se habrá ido, es solo un espejismo que se ve desde la ventana de un bus o un auto viajando hacia el mar.  

Para estar en comunión directa con Dios, esto es en soledad, un hombre necesita apartarse tanto de la sociedad como de su propio cuarto. Yo no estoy a solas cuando leo y escribo, aunque nadie esté conmigo. Si el hombre ha de estar solo que vaya a la quietud de la montaña, a la paz de los cerros y valles solitarios, y que allí mire las estrellas. Los rayos que vienen de esos mundos celestiales se interpondrán entre él y lo que toca. Se diría que la atmósfera fue creada transparente con el propósito de que el hombre, al observar las estrellas, pudiese estar en presencia perpetua de lo sublime. Quienes han tenido el privilegio de acampar en una noche estrellada en la montaña pueden dar testimonio de la grandeza de los astros.  
                                                                                                                                                          
Si las estrellas aparecieran una noche en mil años, ¡cómo creerían en ellas los hombres y las adorarían, y preservarían por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que les fue mostrada! Sin embargo, estos emisarios de la belleza llegan noche tras noche y alumbran el universo con su sonrisa admonitoria, y quizá por eso mismo el hombre las ignora y deja pasar desapercibidas.

En las montañas el hombre se desprende de sus años, al igual que una culebra muda su piel y vuelve a ser joven, en los cerros es posible que un viejo pueda ser siempre un niño. En los bosques está la perpetua juventud, y en los jardines de Dios reina la santidad y la sabiduría, luciendo las galas y atavíos de un festival perenne. Un visitante sensible no podría cansarse de todo aquello ni en mil años. En las montañas retornamos a la razón y a la fé; allí siento que nada habrá de acontecerme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad, sin que la naturaleza pueda sanarlo alguna vez. De pié en la cima de una montaña nevada, con mis esquíes puestos, mi frente es limpiada por el viento frío al mismo tiempo que mis pensamientos, erguido hacia el espacio infinito con el vacío bajo mis pies todo mezquino egoísmo se diluye. Me convierto en un ser etéreo, nada soy, sin embargo lo veo todo. Las corrientes del Ser Universal me circulan, soy una porción de Dios. El nombre de mi mejor amigo me suena entonces extraño y accidental; ser hermanos, ser conocidos, ser amo o ser sirviente, ser rico o pobre es una minucia y una molestia; me considero hermano y amigo de toda la humanidad.


Desconocido en introspección

Soy el amante de una belleza incontenible e inmortal. En los lugares silvestres encuentro algo más caro y próximo a mí que en los centros comerciales de las grandes ciudades. En el paisaje tranquilo y, especialmente, en la lejana línea del horizonte, el hombre contempla algo tan hermoso como su propia naturaleza. El mayor deleite de esquiar, por ejemplo, es la sugerencia de una oculta y perdida relación entre el hombre y los ríos, las corrientes andinas y su propia sangre: fluir hacia el encuentro de la vida. A su vez no es extraño entonces que las sensaciones propias de un escalador cómodo con su ruta es la de “fluir”. La necesidad de fluir, de deslizarse es tan antigua como los juegos de la niñez: existe placer en imitar a las corrientes de la naturaleza, y es tan profundo el efecto que se siente en el alma cuando se disfruta de las actividades de montaña, que las sensaciones que provocan son semejantes a los de un alto pensamiento o la emoción sublime que invade el corazón del hombre cuando juzga que está razonando con acierto y que está obrando rectamente.

La belleza de las montañas y los bosques impresionan en alguna medida a todos los hombres. Sin embargo a algunos les afecta tanto, que les llevan al deleite. Este amor por la belleza nace del gusto innato que tenemos por lo que nos hace bien, nos alimenta y nos hace vivir sanamente. Hay quienes sienten ese mismo amor con tanta intensidad que, no satisfechos con observar, procuran encarnarlo en nuevas formas: escalar, esquiar o simplemente caminar por los cerros, es decir hacer un arte que no deja huellas permanentes.
¿Quién diría que esquiar no es un arte? Hacer una línea fluida entre árboles y rocas es como pintar un cuadro  con tan solo una pasada del pincel, en la cual cada esquiador refleja en cierta forma su estilo, personalidad y carácter; es así mismo el resultado de la combinación de múltiples expresiones de la naturaleza  y el ingenio y poder físico humano.



Jorge pintando

A pesar de que todas las líneas de esquí del mundo son innumerables y todas distintas entre sí, el resultado o expresión de todas ellas es similar y único; y es que la  naturaleza es un mar de formas fundamentalmente semejantes y hasta unitarias. Una hoja, un rayo de sol, un paisaje, el océano ejercen efectos semejantes  sobre el espíritu. Lo común a todos ellos, esa perfección y armonía, es la belleza. El patrón de la belleza esta dado por el circuito entero de formas naturales, por la totalidad de la naturaleza; los italianos expresaron esto al definir a la belleza como "il piú nell'uno" [lo múltiple en lo uno].

En palabras de Emerson: el mundo existe para el alma, con el fin de satisfacer el anhelo de belleza, y con respecto al motivo por el cual el alma busca la belleza, nada se puede indagar ni responder. En su sentido más amplio y profundo, la belleza es una de las expresiones del universo. Dios es la suma justicia; la verdad, la bondad y la belleza son diferentes rostros de esa misma totalidad.

La belleza de la naturaleza no es un fin último. Es el heraldo de una belleza interior y eterna. La montaña cumple con ese fin a satisfacción, y la mayoría de sus amantes más sinceros pueden dar testimonio de ello.

jueves, 15 de julio de 2010

Randonee Julio Garganta del Diablo



Nos levantamos temprano como habitualmente lo hacemos para actividades de este tipo y con un hermoso día soleado, pero con esa incertidumbre sobre el ascenso que nos preocupaba un poco, ya que se comentaba que estaba complicado el paso para montañistas y deportistas. Bueno pero iba todo bien, hasta que llegamos a las termas y vimos esta reja que nos impedía el paso hacia nuestras montañas, empezamos a prepararnos y se nos acercan dos jóvenes del personal de nevados diciéndonos que” No” podemos ingresar ni ascender por el territorio, luego de un intercambio de palabras pudimos continuar nuestro camino, pero con un sentimiento de temor e impotencia.

lunes, 5 de julio de 2010

Responsabilidad Limitada


Durante los siglos XVIII y XIX, comenzaron a surgir en distintos lugares del mundo, empresas con cada vez más grandes y complejas operaciones. Corporaciones mineras, fábricas de acero y compañías de ferrocarriles se convirtieron con el tiempo en instituciones enormes, con un alto nivel técnico, y con requerimientos crecientes en cuanto a la inversión necesaria para continuar su crecimiento. Esto último trajo consigo que fuera cada vez más difícil encontrar socios inversionistas con la suficiente capacidad financiera para constituir o asegurar a estas compañías por medio de su inversión. Por otro lado, cuando estas compañías tenían problemas de tipo financiero, laboral, social o legal, los socios no tenían el dinero suficiente para cubrir eventuales daños.

Por las razones expuestas, es que en los países industrializados de esa época se implementó un límite a la responsabilidad del inversionista o propietario de una compañía, definiéndose de ésta manera una cantidad determinada mínima de perjuicio del cual se le podía considerar responsable, haciendo una distinción entre la persona dueña de la empresa y la empresa misma.

De esta forma, se separó a los individuos de la responsabilidad de los actos que hacían sus empresas, permitiendo que durante más de un siglo muchos propietarios de compañías hayan podido ignorar, económica, psicológica y legalmente, los límites de las sustancias tóxicas presentes en los alimentos que venden, la destrucción de los recursos pesqueros, la tala indiscriminada de bosques nativos, la contaminación de ríos y lagos por parte de las faenas mineras, la deuda, etc.

Quizá se tenga la tentación de pensar que hoy en día esas cosas han cambiado de algún modo u otro. Han surgido con el tiempo algunos conceptos tales como el de responsabilidad extendida del productor, o el de responsabilidad social empresarial, los cuales lamentablemente se prestan para confundir el hecho de que la verdadera y única razón de ser de las corporaciones lucrativas (empresas) es la de generar riqueza para sus dueños (inversionistas). Tener claro esto último permite reconocer que la verdadera función de las empresas no es garantizar que los niños crezcan en entornos libres de productos químicos, ni respetar la autonomía o la existencia de los pueblos indígenas, ni proteger la integridad vocacional o personal de los trabajadores, ni diseñar sistemas de transporte ambientalmente sanos, ni proteger la vida de éste planeta. Y que nadie se engañe: tampoco es función de las empresas el servir a las comunidades o “crear empleo”. No ha sido nunca así ni nunca lo será.

El que muchas personas esperen que las empresas hagan algo que no esté condicionado por la búsqueda constante de incrementar sus riquezas, se puede explicar solo por medio de una ignorancia de parte de la ciudadanía de la historia de la cultura occidental, sus prácticas habituales, la estructura actual del poder y sus sistema de recompensas. El esperar de las empresas acciones motivadas únicamente por la virtud, el amor o el compromiso, sería desconocer todo lo que se sabe sobre la modificación del comportamiento: recompensamos por lo que hacen a quienes invierten en corporaciones o las dirigen; por lo tanto, se puede esperar que continúen haciéndolo. Esperar que las empresas actúen de otro modo es simplemente un error.

Las empresas de responsabilidad limitada son instituciones creadas específicamente para separar a las personas de los efectos de sus acciones, haciéndolas, por definición lógica, inhumanas y deshumanizadas. Si una sociedad quiere vivir en un mundo humano y para los humanos, y más aún, si quiere prevalecer al paso del tiempo, debe eliminar las empresas de responsabilidad limitada.

jueves, 6 de mayo de 2010

De la felicidad, la bondad, la vida y otras hierbas

El otro día fuí a visitar a un amigo que vive en Buchupureo, en la costa de la 8° Región, mismo lugar que hace algunos meses fué golpeado por un terremoto y en el que precisamente me encontraba esa noche del 27 de febrero. Esa zona, pese a ser el epicentro del terremoto, no fué afectada por el maremoto de la forma en la cual fueron afectados otros lugares, y la gente no tuvo que lamentar perdidas de vidas humanas, no así sus casas de adobe (que se cayeron), dejando a varias familias sin hogar.

Bueno, ahí me encontraba esa tarde de domingo de fines de abril, con propósitos bastante más frívolos que los que comúnmente han llevado a los jóvenes en los últimos días, y en circunstancias como las posteriores a una catástrofe: esperando que llegara una crecida de mar que venía pronosticada desde el día anterior, con la idea de surfear algunas olas después de bastante tiempo sin entrar al mar. Aprovechaba también, de cierto modo, reecontrarme espiritualmente con un océano que ha sido motivo de sufrimiento para mucha gente en el último tiempo.

La marea baja sería cercana a las seis de la tarde, hora que en ésta época es previa a la puesta de sol y en la que la oscuridad llega rápidamente, pero que sin embargo prometía una sesión de olas perfectas y sin viento. Por cosas del destino, nos demoramos más de la cuenta en irnos a la playa y recién llegamos a las seis y media a ponernos los trajes y meternos al agua.

El mar estaba grande y la entrada estaba bien adentro en la punta y cuando llegamos ahí, no dejaba de tirar y tirar olas, lo cual demoró la entrada al agua hasta que el sol sólo era una delgada línea roja en el horizonte. Cuando logramos entrar estaba ya casi de noche, por lo que nos quedamos ahí sentados en las tablas esperando la única ola que correríamos cada uno. Ahí me quedé un buen rato observando el entorno que me rodeaba: un mar que se iba poniendo cada vez más oscuro, gaviotas que volaban rumbo a sus nidos a pasar la noche, estrellas que aparecían y una leve brisa tibia que venía desde tierra adentro; en ese momento recordé una frase del libro Cartas contra la Guerra de Tiziano Terzani y que en ese momento me causó profunda impresión: "La naturaleza es completamente indiferente a los dramas que aquejan a los seres humanos". Cuán cierto se volvía eso en momentos en los cuales muchas personas vivían el sufrimiento de haber perdido todos sus bienes materiales, producto del terremoto y el maremoto! ¡cuán poco le importan a la Tierra los dramas humanos! ocurrió una catástrofe de proporciones, que para mucha gente incluyó muerte y dolor; otros perdieron el esfuerzo de sus vidas de trabajo y otros si bien no tuvieron mayores pérdidas, quedaron profundamente impresionados por la fragilidad de sus vidas, y sin embargo ahí estaba ese rincón de playa: tirando olas perfectas en una tarde hermosa en la cual toda la naturaleza mostraba una normalidad y belleza ajenas a todas las noticias de los hombres.

Mientras se hacía más y más de noche y veía como entraban y entraban olas perfectas, me di cuenta en esos momentos que todo mi entorno en era hermoso, envidié por un momento a los lobos marinos, pájaros y peces que vivían allí, que gozaban de las ventajas de vivir una vida simple, sin mayores complicaciones que hicieran de un evento como un terremoto o un maremoto algo que afectara sus sencillas vidas.

Sin embargo esos pensamientos duraron solo unos momentos, ya que pronto descubrí que la misma conciencia de mi posición en ese lugar particular era lo que hacía que la comprensión de mi realidad fuese hermosa y que en ese instante no quería estar en ningún otro lugar del universo. Consciente de ésto último, descubrí lo realmente maravilloso que es vivir, y a pesar de que todo lo realmente bueno de la vida es fugaz, de todas formas vale la pena vivirlo y estar agradecido por eso.

Quizá a veces me siento culpable por vivir mi vida de tal forma que la disfrute demasiado, considero siempre la posibilidad de que otras personas están sufriendo en momentos en los cuales yo lo estoy pasando bien, lo cual me negaría (en algún nivel cósmico) el derecho a ser feliz o a estar contento hasta que los otros lo hayan sido primero. Pienso y pienso sobre ese pensamiento, ¿de donde lo habré sacado? ¿en qué se sustenta? ¿estará originado por creer que soy responsable de la felicidad de otros? Mi individualidad se revela frente al hecho de sentirme feliz cuando otros sufren, sin embargo no puedo ignorar que cada ser humano es feliz a su modo único e irrepetible: ¿qué es lo que hace felices a los demás?

En esos momentos de reflexión no había duda de que el hecho de estar en ese lugar, en ese momento, eran para mi motivos de felicidad absoluta ¿pero lo serían para otras personas? creo que no.

La solidaridad es una virtud positiva no porque condicionemos nuestros actos de renuncia y sacrificio a una culpabilidad por ser felices, si no porque esos actos de bondad son un reflejo de nuestra felicidad interna, que se manifiesta en actos concretos.

En esos momentos en el agua me sentí el hombre más feliz del mundo, y cuando por fin vino mi ola pude reconocer eso que siempre hablan algunos acerca de tener conciencia de la propia existencia; en esos momentos existí, fué un componente del universo que palpitaba al ritmo de las estrellas que salían ¿cómo ignorar algo como eso?

Y por supuesto, ese momento de felicidad interna me desbordó el corazón de modo tal que me fue imposible al día siguiente negarme a la bondad. Pensaba después: ¿que tal si todos hiciéramos caso a lo que decía Whitman y procuraramos diaramente ser felices? ¿no sería mejor así? todos, en la búsqueda de nuestra felicidad, inevitablemente estaríamos haciendo felices al resto...?


No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras
y las poesías sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti
sin que la vivas ....

Walt Whitman


jueves, 10 de septiembre de 2009

El arte de improvisar


La otra noche, navegando por Internet me encontré con un artículo que hablaba de un arte japonés llamado Suibokuga.

Según el artículo, la esencia de esta particular forma de arte visual está en obligar al artista a ser espontáneo. Para lograrlo, el artista tiene que pintar un pergamino delgado extendido con un pincel especial y pintura negra de acuarela, de tal manera que un brochazo forzado o interrumpido destruirá la línea o atravesará el pergamino. No son posibles los borrones ni los cambios.

Estos artistas deben practicar una disciplina específica, la de permitir que la idea se exprese a sí misma en combinación con sus manos de forma tan directa que no puede interferir la deliberación. Ojo con esto último: no existe espacio para la duda ni la indecisión.

Las pinturas resultantes carecen de la composición compleja y las texturas de la pintura convencional, pero se dice que aquellos que saben ver encontrarán algo capturado que escapa a cualquier explicación.

Según palabras de Bill Evans, pianista estadounidense de jazz, y autor de la introducción al disco Kind of Blue de Miles Davis, donde hace cita a este arte japones:esta convicción de que la acción directa es la reflexión más llena de significado, en mi opinión, ha inducido la evolución de disciplinas extremadamente severas y especiales como son las del jazz o de la música basada en la improvisación.”

Evans se refiere obviamente en su introducción a la improvisación en la música, sin embargo para nosotros es fácil encontrar un interpretación nueva para el “arte de fluir en un par de esquíes”, donde el lienzo no es otra cosa que a nieve recién caída y en vez de un solo pincel, tenemos dos…

Lla forma en la cual se fluye en una montaña recién nevada pude llegar a ser un arte específico, parafraseando un poco el artículo, llevar el arte a la montaña sería: “…permitir que la idea se exprese a sí misma en comunicación con los esquís de forma tan directa que no puede interferir la deliberación…”

(Fuente: blog surfkultura.com)

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sesión de esqui y randonee

Hace mas o menos dos semanas atrás, en un día posterior a ese temporal de nieve y lluvia que duró como 6 días, subimos con Felipe y Jorge a esquiar en un día que prometía ser excelente (después de una nevada de mas de un metro, asi que imagínense), sin embargo el clima quiso otra cosa y cuando comenzamos a subir por el Benno ya se empezaba a sentir el viento norte que corría arriba tirando nieve polvo como una verdadera cascada blanca por las cornisas (formando windslab brígido...jejeje).


Ya una vez en el Pillin, el viento era tan fuerte que te llevaba al espacio cualquier cosa que se te cayera (sobre eso pregúntenle al Felipe que perdió un guante que mas encima era prestado...) y pese a haber nevado recién, con el viento la nieve estaba con una capa de cartón corrugado que hacía que esquiar ahi fuera lo mismo que pasar por esos reductores de velocidad que hay en la carretera.

Si bien las condiciones no eran las mas ideales igual se pasaba bien, sobre todo cuando bajabas por ese pequeño valle que hay al lado norte del pillín y que esta mas protegido, no había nada de viento y la pista estaba sin pisar, por lo que tenías algunos momentos de tranquilidad, lo otro es que había excelente visibilidad (de todas las condiciones para esquí en la montaña, la visibilidad es para mi una de las más importantes).

Como al medio día nos empezamos a aburrir de andar todo el rato en los mismos lugares de siempre y como andabamos con las pieles nos tiramos a subir por el fresco (que estaba cerrado para variar) buscando alguna bajadita buena para darle.


Cuando hibamos llegando al final del arrastre nos percatamos de una muy buena bajada que se veía limpia y en cierta forma no tan afectada por el viento, ya que se veía bastante lisa la pared.


Cuando empezamos a subir nos dimos cuenta que tenía un angulo bastante mas pronunciado de lo que pensabamos, sobre todo para subirlo con pieles (si no teníamos cuidado al mover los esquis las pieles no agarraban bien en la nieve):


Cuando llegamos arriba, la vista fué espectacular, el sol se veía entre las nubes y por algunos momentos el viento cesó y nos dió los minutos justos para bajar la famosa pala (como dicen los españoles...jaja ) sin problemas.

Lo mejor de días así es que pese a que las condiciones no son las mejores, siempre hay algo que la montaña te puede entregar: el observar la magnitud de la fuerza de los elementos, el frío y lo grandes que son los cerros nevados, nos hace darnos cuenta de una verdad profunda y primitiva: el ser humano sin ninguno de los artificios que se fabrica para hacer frente a los elementos (lease ropa termica, parkas de gore-tex, botas, guantes, esquis, etc.) es absolutamente indefenso, tan indefenso como un niño recien nacido; esto es justamente lo que mucha gente debería alguna vez conocer: el hombre es un ser debil, tan debil que no puede hacer frente al mundo en solitario, por lo que no tiene nada por lo cual ser arrogante. Comprender esto nos lleva a la humildad, la cual a su vez nos lleva a conocer nuestra posición en el universo, quienes somos y cual es nuestra mision.

jueves, 13 de agosto de 2009

Mascaras


El otro día escuchaba a un amigo contarme que le estaban pidiendo que usara corbata en algunas reuniones de trabajo en las cuales asistía gente "importante"; él, obviamente, despreciando tales convenciones hizo todo lo contrario y asistió como mejor le pareció (lo cual no incluía precisamente un traje), por supuesto esto último no le pareció a su jefe, quien en vista de tamaña "falta de criterio" y "desatino" no pudo hacer mas que fruncir el entrecejo.

Todo esto me tuvo pensando un rato sobre esa manía que tiene el ser humano de utilizar mascaras distintas dependiendo de la situación a la que se ve enfrentado. De esa forma tenemos a hombres de negocios que visten sus mejores trajes al momento de tener una reunión en la cual firmarán un importante contrato, recien afeitados y luciendo en el rostro ese ceño propio de un profesional serio y ocupado se visten de una armadura que cubre su verdadero carácter y que uniforma la maravillosa diversidad de los hombres, escudando el caracter tras una imagen falsa y pretenciosa (pretenciosa porque busca crear una imagen mental en el projimo que favorezca una impresión positiva).

Por otro lado vemos que esos mismos hombres, junto a sus familias se muestran totalmente distintos: en los rostros de padres y madres se ve reflejada alegría cuando en una tarde de domingo comparten de un día de juegos con sus hijos, o cuando esos hombres que ayer estaban trajeados y serios se disponen a disfrutar de una día de pesca o de esqui, sus rostros dejan de mostrar preocupación y las sonrrisas predominan durante todo un maravilloso día.

¿Cual es entonces el objetivo de utilizar máscaras? ¿qué queremos que los demas piensen de nosotros? puede sonar loco pero, si en nuestras vidas diarias debemos actuar distinto a lo que realmente somos, y cada mañana nos ponemos esa mascara (tú sabes cual) que sirve para engañar a todos ¿no estaremos un poquitin equivocados en nuestras vidas?

Sobre lo que decía Whitman: "...No podemos remar en contra de nosotros mismos, eso convertiría la vida en un infierno..." me empiezo a recordar de toda esa gente que he conocido en algun momento de mi vida, y que de alguna forma me ha dejado esa sensación de haber estado frente a alguien genuino, auténtico y sin mascaras, llegando a la conclusión de que, en todos los casos, en esa gente han existido dos factores comunes que no puedo evitar señalar: son personas con sensibilidad espiritual y ligadas de alguna forma a actividades que se realizan en la naturaleza (vease, surf, esqui, montañismo, vagabundos, etc.) y que han ido mas allá de desarrollar actividades netamente deportivas, transformandolas en un ritual de comunión consigo mismos, la naturaleza y su Creador. Puedo decir sin temor a equivocarme que la naturaleza genera un efecto blanqueador en los hombres, que arrastra todo lo falso y deja al desnudo su personalidad genuina; no es casualidad que ultimamente las mismas empresas trabajen tanto tematicas como el liderazgo y el trabajo en equipo en la montaña, los bosques o lugares naturales.

Al alejarnos de los convencionalismos sin sentido obtenemos una recompensa mucho mayor que una buena imagen pública, ser respetados o simplemente amados: obtenemos la genialidad que otorga el descubrirnos a nosotros mismos tal cual somos. Esto ultimo esta reservado para aquellos que se atreven a salir de sus casas en dias de lluvia para subir a caminar en un bosque, aquellos que se aventuran a salir a recorrer lugares desconocidos sin un mapa, quienes sin mas aspiraciones que la de disfrutar de una par minutos de descenso memorable en esquies son capaces de caminar durante horas sobre la nieve fresca.